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Opinión

Jue 4 Ago 2022

La urgencia de ser luz y levadura

La sociedad, agobiada por múltiples fenómenos y situaciones, pide que se dé un cambio, tal vez sin perspectivas muy claras ni de lo que quiere ni de lo que puede venir. Se pone en cuestión la estructura misma de la persona humana, la identidad de las instituciones, la explotación de recursos naturales, el uso eficiente del dinero público y privado, la organización y funcionalidad de la realidad política. Hay como una desesperación al no encontrar el sentido profundo de la vida, al ver la eterna inequidad social que no se logra superar y al tener que enfrentar los efectos perversos de salidas falaces como el narcotráfico y la violencia. La situación de la población, empobrecida desde varios aspectos, contrasta con el mundo ficticio del lujo en ciertos ambientes, del espectáculo y la diversión ajenos a la realidad, de las maniobras políticas y económicas que no resuelven las necesidades básicas de la gente. No hay una verdadera conciencia sobre la dignidad de cada persona, no se da el profundo respeto que se debe a la vida humana, no hay autoridad que proteja a las personas indefensas frente a la violencia y la extorsión, no tenemos la calidad educativa que requieren las nuevas generaciones, no puede admitirse que una ciudad cifre su importancia en ser un burdel, no es aceptable que jóvenes y adultos no puedan más y se lancen a vivir en la calle o atenten contra su propia vida. No podemos acostumbrarnos con indolencia a que tantas personas vivan en la pobreza, que carezcan de lo indispensable en materia de vivienda, alimentación y salud. Esa indiferencia es la que va aceptando que la vida no tiene valor y que, para mantener la comodidad, se puede interrumpir la gestación de los niños en el vientre de la madre y se puede acudir a la eutanasia mirando como una carga a los enfermos y a los ancianos. Ante esta realidad, a todos nos urge ser positivos y propositivos. No podemos quedarnos lamentando el mal, sino que debemos actuar contra él; no se puede cancelar el futuro, nuestra sociedad merece una oportunidad para salir adelante. Pero. es inútil esperar cambios y reformas sociales, si no se transforma lo esencial: el corazón de cada ser humano. No nos engañemos; las reformas necesarias para adecuar el presente a un futuro mejor, que supere la mentira, el egoísmo y la injusticia, no vendrán si no se educa la conciencia, que genera una escala de auténticos valores y nos hace capaces del encuentro, de la solidaridad y de la fraternidad. Todo el que no logre este cambio será un depredador de los demás y de la sociedad, un generador de corrupción y de crímenes, un enemigo del estado de derecho y del bien común. Debemos hacernos conscientes que nos falta, primero que todo, una verdadera reforma interior. Ahí está la misión de la Iglesia, que debe ser capaz de mostrar, ante una realidad que no responde al proyecto de Dios y ante los espejismosque vislumbran soluciones falsas, la verdad sobre la dignidad humana, sobre la responsabilidad social que pesa sobre cada ciudadano, sobre los valores indispensables y constitutivos de una nación, sobre el compromiso personal que debe superar el mundo de las apariencias y de las posiciones cómodas, sobre la esperanza que va más allá de lo terreno. Como Jesús, debemos seguir llamando a la conversión, a la reforma de la mente, a la transformación del corazón para construir el nuevo mundo que necesitamos. Ojalá veamos y actuemos antes de que sea tarde. Por tanto, nosotros, de modo personal y comunitario, debemos buscar hacer el bien, trabajar para que cada familia transmita valores y enseñe a amar, influir para que los diversos grupos e instituciones procuren mejorar la vida laboral, social, educativa y política del país. Sabemos que debemos entregar la vida en el servicio y la misión venciendo el mal, como Jesús, con el poder de la verdad, del bien y del amor. No podemos sentirnos agobiados ni derrotados, sino convocados con urgencia a trabajar por la construcción de un mundo nuevo con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado. Es muy honroso y urgente el llamamiento a ser luz y levadura del mundo. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Lun 1 Ago 2022

¿Qué tenemos qué hacer?

Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía - Esta es la gran pregunta que brota espontánea de quienes escuchan al Bautista (Lc 3,10-14), o a Pedro y a los demás Apóstoles, que les anuncian la Buena Noticia de Jesucristo (Hch 2,37. Es también la pregunta que, ante la urgencia de gestionar el riesgo colectivo mundial y nacional, requiere hacerse la humanidad, para poder resolver los problemas que afrontamos. La alternativa de continuidad, desconociendo las graves grietas en el desarrollo de la propia vida, o en las estructuras y modelos vigentes en una sociedad, se enfrenta con la de una “conversión interior”, el bautismo y la acogida del Espíritu Santo por “cada uno” (Hch 2,38); pero también a la del cambio de toda sociedad o gremio, llamados a compartir, a ser justos, honestos, veraces y no violentos, como indican las respuestas del Precursor. Conversión interior de las personas y cambio social e institucional, deben andar unidos. Recuperar el sentido de la historia común conlleva la tarea del “cambio de mentalidad” y siembra de un auténtico sentido de la vida en las consciencias. De ahí el empeño necesario en lo que llamo las “e” del cambio, derivadas de la “e” de educación: espiritualidad, equidad, ecología, ética y estética. Para nosotros los creyentes cristianos, esas “e” derivan de la “E” del Evangelio de la Vida, la Gran Noticia que transforma la existencia humana, el universo y la historia. Bastan las cifras de degradación y muerte, que amenazan con arruinar la sostenibilidad de un país como el nuestro, para entender la elección popular de una alternativa de cambio. En buena hora Colombia eligió en las urnas esta voluntad mayoritaria. Una “voluntad” que puede ser aún más grande entre los más de 17 millones de abstencionistas y de 11 millones de no aptos para votar. Ante esta realidad y el cuatrienio del gobierno que se inicia en este 7 de agosto, es probable que muchos colombianos, angustiados o temerosos de lo que puede sobrevenir, se estén preguntando también: “¿Qué tenemos que hacer?”. O, aún de modo más personal, como aquel carcelero que se arrojó a los pies de Pablo y Silas y les dijo: “Señores, ¿qué tengo qué hacer para salvarme?”. A lo que recibe una clara respuesta: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (Hch 17,29-31). A esta pregunta de consciencia honrada y de disponibilidad para el cambio ante realidades y verdades incontrovertibles, corresponden también hoy respuestas necesarias, precisas, hacia el compromiso de toda persona, de toda familia, de todo gremio y sociedad. Como respondía el Bautista o Precursor de Jesús, lo que tiene qué hacer todo colombiano hoy, creyente o no, ateo o agnóstico, es: 1. “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene”. “Me vieron desnudo y me vistieron”, dijo después Jesus, identificándose con el despojado de su dignidad y bienes, el destechado, el desplazado forzoso, el indigente, el habitante de calle. 2. “El que tenga para comer que haga lo mismo”. “Tuve hambre y me dieron ustedes de comer”. “Dénles ustedes de comer”. “Comieron todos y se saciaron. Y recogieron 12 cestos de lo que sobró”, son respuestas inmediatas al hambre que no da espera. Afrontar en Colombia esta realidad es tarea de tierras productivas para alimentación, de cultivadores con garantía de almacenamiento, mercado y seguros de precio y ante contingencias. Es tarea de examinar inversiones y construir autoabastecimiento. De apoyo a Bancos de Alimentos y de semillas, de huertas y agricultura urbana, doméstica, amigable con la convivencia y buen ambiente. Da vergüenza, es imperdonable que Colombia no aproveche sus climas, ciclos dobles o triples de cosechas, tierras que no deben crecer en contra de la naturaleza y las selvas, sino en intensidad, tecnología y hacia lo alto. 3. Viene también la DIAN de esos tiempos y El Bautista les responde: “No exijan más de lo que está fijado”. Un delicado asunto de corrupción instituida e injusticia estructural, que requiere cuidadoso manejo. Estos tiempos de “reformas tributarias” exigen lupa y pies descalzos para saber dónde se esconde el diablo y dónde están sus víctimas. 4. Y llegan también los de la fuerza pública, unos soldados, y hacen la misma pregunta: ¿Que debemos hacer? Respuesta: “No hagan extorsión a nadie. No hagan denuncias falsas. Conténtense con su soldada”. (Lc 3,10-14). De este tema doloroso con nuestras fuerzas armadas y policiales, ni hablar. El horror por lo que han hecho de ellos los gobiernos y las ideologías de poder; el dolor por lo que a ellos ponen a hacer contra su propio pueblo; el necesario repudio a lo que hacen contra ellos, contra nuestros jóvenes policías y soldados, asesinándolos a diario. Hay qué rehacer y transformar su misión de ejemplo, disuasión, cuidado de las poblaciones, garantías de desarme social y monopolio de armas, garantes de convivencia pacífica, democracia, orden y soberanía nacional. Y para todos, no para clases hegemónicas y poderes de búnker y para meter miedo. Si esto lo decía un predicador andrajoso en el desierto, a más de 2022 años atrás, hoy nosotros debemos enumerar y elaborar entre todos el catálogo de respuestas colombianas a cada realidad enferma y dañada en nuestro país. Quede como indicativo y tarea a la que invito a toda persona, comunidad, familia, gremio, etnia, organización, institución, a hacer. En mi [email protected] quisiera recibirlos si los quieren compartir. Catálogos de respuesta al ¿Qué tengo què hacer yo? ¿ Qué tenemos que hacer nosotros? La Iglesia y las iglesias, los que se llaman y nos llamamos cristianos, hagamos el catálogo de respuestas, compartámoslo con otros en casa y territorios, y sumémonos al futuro. La respuesta de María, la mujer Madre de Jesús, a unos confundidos servidores y anfitriones de un banquete de bodas, donde se había acabado el vino, es contundente e inequívoca: “HAGAN LO QUE JESÚS LES DIGA”. Y llegó el vino más bueno y ¡se salvó la fiesta! ( Juan 2, 1-12). ¡Como para leerlo y colombianizarlo, invitándolos a Jesús, María y sus discípulos a esta fiesta de lograr juntos un auténtico cambio! + Darío de Jesús Monsalve Mejía Arzobispo de Cali

Mié 27 Jul 2022

La Eucaristía nos educa para la misión

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este momento de la vida de la Iglesia, el Papa Francisco nos ha hecho un llamado reiterativo a la misión y plantea la evangelización como el cumplimiento del mandato del Señor de ir por todas partes a anunciar el mensaje de la salvación: “vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado”(Mt 28, 19-20), esta es la misión que asumimos en nuestra Diócesis de Cúcuta, cuando todos estamos en salida misionera cumpliendo el desafío siempre nuevo de la misión evangelizadora de la Iglesia en esta porción del pueblo de Dios que se nos ha confiado, para dar a conocer la persona, el mensaje y la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo. Este mandato es para todos los bautizados y de manera especial, para los ministros que tenemos esta tarea por elección de Dios y llamado y envío de la Iglesia, con el gozo de predicar el Evangelio, tal como lo afirma Papa Francisco:“La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera”(Evangelii Gaudium #21), que se expresa mediante el fervor pastoral que cada discípulo misionero siente en su corazón y que lo realiza haciendo renuncias y sacrificios en la alegría de la gra­cia de Dios que lo mueve, aceptan­do el llamado del Señor a“salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). El fervor misionero tiene que bro­tar de la Eucaristía bien celebrada y vivida con intensidad, donde transformamos la vida en Jesu­cristo, para salir a dar testimonio con la vida y con las palabras de lo que celebramos en la Santa Misa. Cuando se termina la celebración de la Eucaristía en el templo, co­mienza otra celebración que com­promete toda la existencia. La asamblea reunida en comunión sale a cumplir el mandato del Se­ñor, por eso los participantes del sacrificio eucarístico se dispersan por los caminos del mundo, en calidad de testigos de la Muerte y Resurrec­ción de Cristo entre los hermanos. La gran noticia del Evangelio cuando llega a nuestro co­razón, no es posible guardarla, sino que se experimenta la urgencia de comu­nicarla. Tener la gracia de gozar en la Eucaristía de un amor que va hasta el extremo, invita al com­promiso misionero, porque tanto amor no se puede esconder deján­dolo para sí, sino que hay que salir a proclamarlo. Esta es la misión de la Iglesia, salir a comunicar el don recibido en la Eucaristía y ha­cerlo con el poder del Espíritu que la Eucaristía entrega a cada uno cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así lo enseña el Documento de Aparecida cuando afirma:“La Eucaristía, fuente in­agotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y des­pierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vi­vido”(DA 251). Se trata de salir a hacer el anuncio de lo que hemos vivido en la ce­lebración eucarística, dando testi­monio de nuestro Señor Jesucristo y convirtiéndonos en auténticos discípulos misioneros del Señor. No es el anuncio de cualquier re­lato, es la gran noticia del Evan­gelio que nos da la vida eterna. Así lo enseña Aparecida cuando afirma:“La fuerza de este anuncio de vida será fecundo si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, te­niendo siempre a la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad mi­sionera”(DA 363), de tal manera que la Eucaristía educa al creyente para la misión. De ahí se desprende la importancia de la Eu­caristía dominical, pues la familia cristiana vive y se cultiva para la misión en la mesa eucarística, ya que “sin una participación acti­va en la celebración eucarística dominical, no habrá un discípu­lo misionero maduro”(DA 251). Por el bautismo comenzamos el proceso de vida cristiana para ser discípulos misioneros del Señor, que se va fortaleciendo con los de­más sacramentos, encontrando en“la Eucaristía la fuente y culmen de la vida cristiana”(LG 11), esto quiere decir su más alta ex­presión y el alimento que fortalece la comunión, para comunicarlo a los demás como buena nueva de Jesucristo, que nos convoca como hijos de un mismo Padre y herma­nos entre sí, llamados a participar de la misión evangelizadora de la Iglesia, ya que,“en la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos del Padre y hermanos en Cristo. La Iglesia que la celebra es ‘casa y escuela de comunión’, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangeliza­dora”(DA 158). Como creyentes en Cristo, segui­mos comprometidos con la misión, cumpliendo con alegría el manda­to del Señor, de ir por todas partes a anunciar la Palabra, el mensa­je y la persona de Nuestro Señor Jesucristo, siendo cristianos en salida misionera, ya que“en vir­tud del bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo mi­sionero”(EG 120), que recibe la fuerza y el impulso evangelizador de la Eucaristía que celebramos y del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo que recibimos. Que la Santísima Virgen María, Estrella de la Evangelización y el glorioso Patriarca San José, alcan­cen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para cola­borar en la misión evangelizadora de la Iglesia, con la certeza que laEucaristía nos educa para la mi­sión. Sigamos adelante. Reciban mi bendición. + José Libardo Garcés Monsalve Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 26 Jul 2022

¡A nuestros abuelos y mayores!

Por: Mons. Carlos Arturo Quintero Gómez - Hoy, cuarto domingo del mes de julio, celebra la Iglesia la segunda Jornada mundial de los abuelos y los mayores, instituida por el Papa Francisco, en audiencia del 31 de mayo del 2021, recordándonos la importancia del ‘nosotros’ para construir esta humanidad; coincide esta celebración con la cercanía de la fiesta de los santos Joaquín y Ana, padres de la Santísima Virgen María, abuelos de Jesús. Comienza esta Jornada con el versículo 15 del salmo 92: “En la vejez seguirá dando fruto”. Esta aclamación viene muy bien en estos tiempos de crisis, en que constatamos la presencia de miles de abuelos abandonados, abuelos que viven sin esperanza, abuelos ignorados por sus familias y desatendidos, reducidos a una cama esperando la muerte en sus lechos de enfermos, lejos del amor de familiares y amigos. En el mensaje, el Papa nos recuerda que ‘la ancianidad a muchos les da miedo. La consideran una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto’. Quizás nunca nos hemos percatado de una realidad: todos vamos envejeciendo; los seres humanos hoy hacen un gran culto al cuerpo, dedican largas horas al gimnasio, se inventan el elixir de la eterna juventud, bótox para curar las arrugas y embellecer los rostros; tanto hombres y mujeres se hallan en el mismo camino con la intención de combatir la vejez como si envejecer fuera un delito, una enfermedad o un fantasma del que hay que huir. Estamos asistiendo al espectáculo de un mundo que se ha ido sumergiendo en la ‘cultura del descarte’, que como menciona el Papa, se trata de una ‘mentalidad que, mientras nos hace sentir diferentes de los más débiles y ajenos a sus fragilidades, autoriza a imaginar caminos separados entre “nosotros” y “ellos”. Pero, en realidad, una larga vida —así enseña la Escritura— es una bendición, y los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia, sino signos vivientes de la bondad de Dios que concede vida en abundancia. ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!’ La ancianidad no es un castigo de Dios, es una hermosa etapa de la vida y cuánta bendición para nuestros ancianos y abuelos que han tenido la dicha de transmitir la fe a sus nietos ante la ausencia de sus progenitores y convertirse en ‘alcahuetes’ al hacerse niños con los niños. Los abuelos son el signo de la presencia y del amor de Dios en su profundidad; ellos son el símbolo de la ternura; sus canas nos recuerdan el trabajo, el sacrificio de la vida y la sabiduría. Sus pasos lentos e inseguros evidencian el peso de los años; las arrugas y el hablar pausado, incoherente y confuso muestra que las enfermedades, las dolencias y el tiempo dejan su huella, pero, el corazón puede mantenerse joven. De esta manera, podemos entender las palabras del Papa: ‘La ancianidad, en efecto, no es una estación fácil de comprender, tampoco para nosotros que ya la estamos viviendo. A pesar de que llega después de un largo camino, ninguno nos ha preparado para afrontarla, y casi parece que nos tomara por sorpresa’. De ahí que hay que dar impulso a la revolución de la ternura, recurriendo al camino de la oración, valorando la Palabra de Dios y la compañía de los hermanos. Tenemos que preocuparnos por madurar y ser conscientes del cuidado de nuestros mayores; desde esta columna quiero invitarles a todos a consentir a los abuelos, a dedicarles el mejor tiempo, a tener la capacidad para sentarse a escucharles, no importa si repiten las historias; mirarles a los ojos, dejar sentir su pasión por lo que hicieron y aprendieron, verles sonreír, secar sus lágrimas, las que derraman por sus dolores y por nuestros sufrimientos; contemplarles en su enfermedad, doblegarse ante sus travesuras, extasiarse ante sus ocurrencias y disfrutar de sus chistes de antaño, aunque no los entendamos. Los abuelos y nuestros mayores son realmente un tesoro digno de conservar; no son piezas de museo ni deben ser ni estar en nuestros hogares como si fueran porcelanas decorativas; que tengan en casa el mejor trato, vivan dignamente, su habitación sea una suite de caricias y de mimos; se sientan como reyes y reinas a quienes sirvamos con alegría; que sus resabios y caprichos sean bálsamo de bondad y felicidad; que sus rostros se vean embellecidos con nuestros abrazos, los besos y las sonrisas, que su vida y sus historias puedan llegar a ser luz y faro de lo que será nuestra vida. Gracias a Dios por nuestros abuelos y mayores +Carlos Arturo Quintero Gómez Obispo de Armenia

Vie 22 Jul 2022

Evangelizar en la gran ciudad

Aparentemente, el conglomerado de millones de personas que están en las grandes ciudades como Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Barranquilla y otras, haría más funcional el reunirlas para ser evangelizadas. Sin embargo, en la práctica las cosas no están siendo de esa manera y se ve con preocupación lo difícil que es congregar para anunciar el Evangelio. Queda aún la capacidad de congregar de las celebraciones eucarísticas, pero también esta asamblea está comenzando a ver las dificultades de que la gente de la ciudad llegue a los templos. Hoy en día, hay parroquias, quizás en los barrios más populares, donde los sacerdotes están viendo con desazón la dificultad o el desgano de la gente para ir a su iglesia parroquial. Hay varias causas para que el reunir a las personas para evangelizarlas se haya vuelto complejo en las grandes ciudades. La primera, quizás un enfriamiento religioso generalizado, reforzado por los efectos disgregadores de la pandemia del COVID-19. En segundo lugar, la dificultad tan grande que tienen las grandes ciudades colombianas en temas de movilidad y que hace que las personas, en su gran mayoría, tengan que madrugar absurdamente y que lleguen muy tarde a sus hogares. En esas circunstancias nadie está pensando ni en misa ni en grupo pastoral ni en nada espiritual. Esto pone también en la mesa de discusión los horarios tradicionales en los cuales funcionan las parroquias, tanto a nivel de atención al público como de las celebraciones sacramentales. También es necesario reconocer que en muchos campos la labor evangelizadora no está siendo atractiva y quizás la gran desbandada de la juventud respecto a la Iglesia sea el signo más claro y más preocupante. Las iglesias locales, arquidiócesis y diócesis, tienen en frente un reto muy grande para idear una o varias formas efectivas de congregar a los fieles. No es un tema de contenidos, pues por fortuna en la Iglesia está muy claro el mensaje de Jesús para ser transmitido. Es un problema de orden práctico. No se resuelve con la virtualidad, la cual es una herramienta más para ciertas tareas, pero la Iglesia es asamblea, congregación, encuentro. ¿Acaso habrá que redescubrir las pequeñas comunidades que dieron origen a la tarea evangelizadora en cabeza de los apóstoles? Quizás hay que volver a enviar a los discípulos de dos en dos. Sin duda, se hace necesario empoderar más y más a los laicos y asignarles lugares y comunidades a las cuales ellos pertenecen –familias, conjuntos residenciales, empresas, universidades- para que allí mismo se generen oportunidades de anunciar el Evangelio en el sitio y no en otros lugares inalcanzables. En fin, el reto tiene mucho que ver con la creatividad y requiere decisión y voluntad pastoral. Esta situación compleja de las ciudades y su respuesta al llamado de los evangelizadores, de no atenderse orgánicamente, podría tener otro efecto, además de la descristianización ya tan visible. Podría debilitar la vida vocacional de los obispos, los sacerdotes, los diáconos y también las religiosas. Podrían llegar sentirse ociosos, sin ocupación constante y provechosa para la gente y para ellos mismos. Cualquier ser humano se frustra si sus propuestas misionales no son acogidas por un número importante de personas. Ciertamente no es una situación generalizada, pero hay signos preocupantes. Será importante aprovechar las brasas aún encendidas del Evangelio en muchas personas, comunidades, instituciones de las grandes ciudades, para avivarlas y desde allí hacer reverdecer la fe y también la vida de la Iglesia. Fuente: Comunicaciones Arquidiócesis de Bogotá - El Catolicismo

Mié 20 Jul 2022

¡Este es el Sacramento de nuestra fe!

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos profesión de fe en este admirable sacra­mento, que es Jesucristo presente en el altar para alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre y fortale­cernos en el camino de la vida en esta tierra y abrirnos la puerta del Cielo en la eternidad, “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54), de tal mane­ra que la Eucaristía tiene que ocu­par un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangeli­zación” (PO 5), de tal manera que no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “La Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5). Jesucristo en persona se hace pre­sencia real en la Eucaristía cum­pliendo lo anunciado en el Evan­gelio, “sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20), de tal manera que la presencia eucarística es certeza sacramental de que Cris­to, el Salvador, está presente en la vida de cada uno, guía los pasos de cada creyente y acompaña la vida en las luchas, dolores e incertidumbres y también en los momentos de ale­gría y entusiasmo, para que vivamos la propia historia como una historia de salvación, con una fe profunda que culmina en el permanecer con Cristo, como respuesta a la súplica confiada en la oración que los dis­cípulos de Emaús nos han enseña­do para implorar que Jesús habite en nuestro corazón: “Quédate con nosotros Señor” (Lc 24, 29), supli­cando que se quede en nuestro ho­gar, en los ambientes de trabajo y en la sociedad tan golpeada por tantos males y pecados que la dividen y la destruyen. El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía, nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaris­tía es escuela de ca­ridad, de perdón y reconciliación, in­dispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, re­sentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las fami­lias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada per­sona que deja entrar toda clase de males. Frente a tantas incertidumbres y di­ficultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el estableci­miento del bien y de la caridad entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana, que necesa­riamente tendrá que brotar de la Eu­caristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social, que sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida huma­na es pisoteada y destruida y el ser humano manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigar­se en la sociedad. Frente a este panorama tenemos la certeza que nos da la fe, que la Eucaristía es forma superior de oración que ilumina la historia per­sonal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual. La Eucaristía tal como la presenta la liturgia de la Iglesia es oración de alabanza, ado­ración, profesión de fe, invocación, exaltación de las maravillas de Dios, petición y súplica de perdón, ofrenda de la propia existencia, intercesión ferviente por la Iglesia, por la humanidad y las ne­cesidades de todos. Todo está en la Euca­ristía, especialmente en la plegaria eucarística donde se concentra el poder total de la oración. Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la comunidad de los hijos de Dios, que es la Iglesia, de tal manera que como dice el Concilio “ninguna comuni­dad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11), realidad que ha profundizado san Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo del misterio de la Iglesia (Ecclesia de Eucharistia 1), que es misterio de comunión, pues la “Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ibid 40), que debe ser interna por la disposición interior a la gracia, y externa, incluyendo el decoro y el respeto por la celebración de la Eucaristía, con las normas litúrgicas propuestas por la Iglesia, para forta­lecer el sacramento de la fe en cada creyente. Al participar en la Eucaristía que­damos con el compromiso de ir en salida misionera a comunicar a Jesucristo presente en el Santí­simo Sacramento, siendo testigos de la misericordia del Padre para con nosotros y convirtiéndonos en instrumentos del perdón hacia los demás, para vivir perdonados y re­conciliados, con apertura a recibir el don de la paz que el Señor nos trae en cada Eucaristía y de esa ma­nera salir de la Santa Misa con la misión de sembrar amor donde haya odio, perdón donde haya injuria, fe donde haya duda, esperanza donde haya desesperación, luz donde haya oscuridad, alegría donde haya tris­tezas; para vivir en un mundo más unido y en paz, donde todos seamos instrumentos de comunión, para gloria de Dios y salvación nuestra y del mundo entero. Que la Santísima Virgen María y el glorioso Patriarca san José, alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesa­rias, para reconocerlo en la Santa Eucaristía, que es el ¡Sacramento de nuestra fe! En unión de oraciones, sigamos adelante. Reciban mi bendición. + José Libardo Garcés Monsalve Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Mié 20 Jul 2022

Un “Catecumenado” para el matrimonio

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo – El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida ha elaborado un documento que ofrece a los sacerdotes, a los esposos y a todos los que trabajan en la pastoral familiar, una visión y una metodología renovadas acerca de la preparación al sacramento del Matrimonio y a toda la vida matrimonial. Se trata de unos itinerarios y unas orientaciones a las Iglesias particulares para acompañar las diversas etapas del camino sacramental: los tiempos de preparación, el momento de la celebración, los años sucesivos y las situaciones de crisis. La novedad del documento, según señala una nota de dicho Dicasterio, es que da una mirada al futuro de la familia, con una preparación remota a la vocación matrimonial. Se trata, en efecto, de preparar el terreno iniciando el trabajo con los niños, los adolescentes y los jóvenes, plantando semillas cuyos frutos se verán más adelante. La propuesta no es simplemente renovar la preparación inmediata al matrimonio, sino de plantear una pastoral vocacional que anuncie a los niños y a los adolescentes la vocación matrimonial. Una preparación rápida de los novios, poco antes de la celebración del rito, no es suficiente hoy para que la Iglesia pueda hacerse cargo de los que el Señor llama a casarse y a construir una familia cristiana. El documento también subraya la importancia de que, al lado de los sacerdotes, estén parejas de esposos que acompañen la formación de quienes piden el sacramento del Matrimonio. Su experiencia les permitirá ofrecer comprensión, acogida y gradualidad en este recorrido dirigido aun a parejas que ya conviven. Con una preparación superficial, las parejas corren el riesgo de celebrar matrimonios nulos o con cimientos tan frágiles que no resisten el paso del tiempo. Siguiendo la sugerencia de San Juan Pablo II, que, así como para el Bautismo de los adultos el catecumenado es parte del proceso sacramental, también una sólida preparación debe ser parte integrante de la celebración del Matrimonio (cf FC,66), se propone un completo replanteamiento del acompañamiento pastoral de novios y esposos. Es necesario prevenir los fracasos y evitar los traumas de la separación, que traen un gran sufrimiento y producen profundas heridas en las personas; después de una ruptura, los esposos se amargan y dejan incluso de creer en la vocación al amor, inscrita por Dios mismo en el corazón del ser humano. Este documento ofrece, entonces, indicaciones para “un itinerario catecumenal para la vida conyugal” diseñado para ayudar a los jóvenes a comprender y celebrar el sacramento y para animar a los esposos en su vida matrimonial. El “catecumenado matrimonial”, en su primera fase, debería durar alrededor de un año y comenzar con un “rito de compromiso”. La segunda fase debe incluir unos meses de preparación más inmediata y un retiro previo antes de la boda. La tercera fase de asistencia a los recién casados debería durar dos o tres años. Es un camino que debe poner en el centro la fe y el encuentro personal con Cristo y debe incluir varias etapas: reflexión, diálogo, oración, comunidad, vida litúrgica, celebraciones. Tal vez, en la Arquidiócesis, no podamos poner en marcha de un modo inmediato este itinerario completo, pero sí debemos comenzar a dar los pasos que nos permitan hacerlo en un futuro no lejano. Concretamente, debemos comenzar por hacernos conscientes del grave reto que tenemos con tantos jóvenes que no quieren casarse, con otros que se casan sin saber qué hacen, con la corta duración de muchos matrimonios y con los problemas de validez de no pocas celebraciones matrimoniales. Todo por falta de evangelización. Debemos también fortalecer los programas de los 17 Centros de Pastoral Familiar de nuestra Arquidiócesis e, igualmente, multiplicar los grupos de Agentes de Pastoral Familiar en nuestras parroquias, para el acompañamiento de los novios y de los recién casados. Comprendamos que podemos estar ante una nueva etapa que nos permita tener esposos que vivan de verdad el sacramento y familias que sean en serio iglesias domésticas. Pero, esta esperanza nos exige fe y responsabilidad para hacer un profundo replanteamiento de la pastoral familiar. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Mar 5 Jul 2022

El presbítero para el cambio de época

Por: Mons. Gabriel Ángel Villa Vahos - El documento conclusivo de Aparecida, afirmó que estamos viviendo un cambio de época[1] y no sólo una época de cambios. Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias, caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosas, que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos[2]. Podemos decir que hemos pasado de una sociedad de cristiandad, a una sociedad pluri-clutural, pluri-religiosa, con distintas tendencias, matices y necesidades y ahora marcada por las secuelas del Covid-19. Desde este contexto debe mirarse hoy el ministerio presbiteral. Como lo advierte el Papa san Juan Pablo II, “hay una fisonomía esencial del presbítero que no cambia, el presbítero del tercer milenio deberá también asemejarse a Cristo”[3]. La Iglesia y el presbítero se renuevan y adaptan al momento histórico, por fidelidad a Cristo y en este sentido, el presbítero de hoy como el de ayer, deberá reflejar a Cristo Buen Pastor, en medio de una cultura y una sociedad nueva. Esto nos pide: 1. Pasar del pedestal, a la participación: esto es, abajarse, ponerse en actitud de servicio, comunión y participación. En el ejercicio pastoral, se requiere hoy que el presbítero acentúe la corresponsabilidad de todos los bautizados de cara al bienestar de la Iglesia. Que se relacione más con la gente a la que sirve y esté dispuesto a escucharla, máxime cuando el mundo digital ha aislado a tantos del encuentro con los otros y los efectos de la pandemia, que ha marcado a muchas personas y necesitan hoy ser acogidas y escuchadas. 2. Pasar del predicador clásico, a portador del misterio: las homilías no deben estar ya pensadas para derramar nuevos conocimientos e inspiración en mentes y corazones vacíos, sino sobre todo para contribuir a que la gente pueda hacerse más consciente del Dios que llevamos dentro, del Dios que ama a todos, del Dios que es sobretodo amor y misericordia. 3. Pasar del estilo llanero solitario, al ministerio en colaboración: una de las principales responsabilidades del pastor de hoy, consiste en descubrir a feligreses que posean carismas ministeriales, invitarlos a ponerse al servicio de la comunidad y favorecer el desarrollo de sus dones y talentos específicos. Presbítero, Diácono, coordinador de catequesis, coordinador de liturgia, animador de jóvenes...forman un equipo pastoral que sirve a los feligreses. Hoy se requiere caminar juntos, en sinodalidad. 4. Pasar de la espiritualidad monástica, a una espiritualidad inspirada en la caridad pastoral: El ritmo de la vida parroquial, las continuas solicitudes de atención pastoral, requieren una espiritualidad que se alimente del propio ejercicio del ministerio, esto es, la caridad pastoral, que se define como “el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo, Cabeza y Pastor. La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y de su servicio. La caridad pastoral determina el modo de pensar y de actuar, el modo de comportarse con la gente”[4]. 5. Pasar de salvar almas, a liberar personas: desde la perspectiva del presbítero, marcado por el Concilio de Trento, su función principal consistía en salvar almas a través del culto y la celebración de los sacramentos. Se requiere hoy una atención completa, que busque el bien integral de las personas, solidario con las “víctimas” de este mundo globalizado, ir a las periferias existenciales. Llevar a los fieles a que sientan la necesidad de vincular Evangelio y vida cotidiana. Su profundidad espiritual lo debe impulsar al compromiso con los hermanos, especialmente los más desprotegidos. No se trata de reducir el ministerio a mera filantropía, sino hacer visible el compromiso caritativo, que emerge de la misma coherencia evangélica. 6. Pasar de reyes dominadores, a servidores humildes de la grey. Cristo es el Cordero, el Pastor, el Siervo. Y el presbítero, no es ni dueño ni propietario, sino administrador y servidor (1Cor 4, 1-4). Es el hombre desinteresado, magnánimo y auténtico. La autosuficiencia, la soberbia y el orgullo contradicen el ser sacerdotal, cuando quien hizo el llamado invitó a aprender de Él que es “manso y humilde de corazón” (Mt. 11,28) y pidió a los discípulos que se distinguieran y se destacaran por el servicio: “el que quiera ser el primero que se haga el último y servidor de todos” (Mc. 9,35). 7. Pasar del maestro doctor, a la sabiduría de un corazón que escucha. Se requieren hoy testigos del misterio, que hablen de lo que viven, porque son contemplativos y saben escuchar. Se pide autoridad moral. El mundo, antes que maestros necesita testigos y si escucha a los maestros, es porque antes son testigos, decía san Pablo VI. 8. Pasar del residente, al itinerante. Esa fue la actitud frecuente de Jesús, salir, ir hacia los necesitados, actitud que se prolonga en sus discípulos. Ésta es la continua invitación del Papa Francisco, una Iglesia en salida, salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio[5], porque no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos; pasar de una pastoral de mera conservación, a una pastoral decididamente misionera[6]. El misionero no está atado a ningún grupo, sector o movimiento por importante que éste sea. Su compromiso es con Jesús y el anuncio del Evangelio. 9. Pasar de la atención a la masa, al cuidado personal de cada uno de los fieles. Hoy se exige pastoreo personal, para una cultura de la reconciliación y de la solidaridad. Trato cercano con las personas, en continua actitud de escucha, plena disponibilidad para acoger a todos. Los fieles no son números ni clientes, son los hermanos a quienes debo distinguir y reconocer, para poderlos servir y amar como Cristo, quien nos amó hasta el extremo. 10. Pasar de oficiante de servicios religiosos, a presidente de la fiesta de la vida y de la bendición. Para compartir con la comunidad sus alegrías, sus tristezas y esperanzas. Se requiere una liturgia en que las celebraciones no sean meros ritos vacíos o acontecimientos sociales, sino celebraciones de fe, que integran a la comunidad y las conectan con el Dios vivo y verdadero. Una liturgia bien preparada, conducida y ordenada llega a ser una auténtica catequesis. En palabras de Benedicto XVI: la Liturgia es la urbanidad de la fe. Hemos vivido en el calendario litúrgico, momentos llenos de espíritu sacerdotal: jueves Santo, domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, Pentecostés, Corpus Christi, Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Son oportunidades que nos deben ayudar a crecer y fortalecer nuestra opción de servir a Dios en los hermanos, en medio de un mundo que ha cambiado, pero que requiere con urgencia la iluminación de Cristo y su Evangelio. † Gabriel Ángel Villa Vahos Arzobispo de Tunja ________________________________________________ [1]Documento Conclusivo de Aparecida, 44 (DA) [2]DA, 10 [3]Juan Pablo II, Exhortación post-sinodal Pastores dabo vobis, Roma 1992, 5 (PDV) [4]Cfr. PDV 23 [5]Papa Francisco, Exhortación post sinodal, Evangelii gaudium, Roma, 2013, 20 (EG) [6]EG 15